Menos diez

—¡Menos diez!
Daniel observó las cartas desplegadas en abanico sobre el suelo gris del patio del colegio. Una sota de oros, una de bastos, una de espadas. Y junto al grupo de pajes, un tres, un cuatro, un cinco y un seis de copas.
Miró a su adversaria a los ojos y, alrededor de ellos, difusos, percibió los rizos naranjas que salían disparados en todas direcciones y las pecas que decoraban el puente de su nariz.
—Paga.
Todo el mundo les observaba. Daniel abrió su mochila y extrajo de ella un bocadillo envuelto en papel de periódico. Se lo tendió a su enemiga despacio. Casi renuente.
Ana le había vencido en un juego en el que nunca antes había perdido. Y además de robarle la victoria, le había quitado la autoestima y, peor aún, el almuerzo.
—Mmmm… Adoro el chocolate.
Ella se puso en pie mientras él permanecía sentado. En un gesto magnánimo le lanzó al regazo un paquete envuelto en papel marrón.  Daniel no necesitó abrirlo. Le bastó el olor. Odiaba los bocadillos de atún.
—Que te aproveche.
Y se marchó. Pero dejó tras ella la sonrisa sin dientes más hermosa que Daniel hubiera visto jamás.

Veinte años después

—¡Menos diez!
Daniel observó las cartas desplegadas en abanico sobre el suelo de madera de su nuevo apartamento. Un rey de oros, uno de bastos, uno de espadas. Y junto a la realeza, cuatro copas, cinco copas, seis copas, siete copas.
—Paga.
Su adversaria sonreía, mientras su mano permanecía extendida en el aire esperando recibir la recompensa.
—¿Estás segura?
—Tú pierdes, yo gano. Paga.
Daniel aceptó su derrota y se puso en pie. La brisa que se colaba por la ventana entreabierta le erizó la piel desnuda. Introdujo los dedos en la cintura de sus calzoncillos, los deslizó a lo largo de sus piernas y se los entregó.
—¿Te regodearás ahora en tu victoria?
Ana se puso en pie con la sensualidad en los labios y los calzoncillos de Daniel en la mano.
—¿Todavía no entiendes que cuando yo gano, ganamos los dos?
Y haciendo girar la prenda en el dedo índice se dirigió a su habitación.

Veinte años después

—¡Menos diez!
Daniel observó las cartas desplegadas en abanico sobre la superficie de formica verde de la mesa de la cocina. Un caballo de oros, uno de bastos y uno de espadas. Y junto al regimiento de caballería, una escalera de cálices sagrados.
—Paga.
Enarcó una ceja, miró a su esposa y después la pila de platos y cazuelas que se amontonaban en el fregadero.
—Pondré el lavavajillas durante una semana.
—No.
—Bajaré la basura todos los días durante el próximo mes.
—Eso ya lo hace el portero.
—Arreglaré el grifo del baño.
—No me fío de ti. Prefiero contratar a un profesional. Paga. Ahora. Ya.
Ana se quitó los zapatos y colocó sus cansados pies en el regazo de Daniel. En cuanto sintió los dedos de su marido rozándole la piel, emitió un gemido de placer.
—¿Me dirás también que cuando tú ganas, ganamos los dos?
—Si te portas bien y me das lo que quiero, yo me portaré bien y te daré lo que quieres.
Daniel se esforzó en su tarea y, media hora después, Ana cumplió su promesa.

Veinte años después

—¡Menos diez!
Daniel observó las cartas desplegadas en abanico sobre la sábana blanca de la cama del hospital. Un as de oros, uno de bastos y uno de espadas. Y junto al trío de campeones, dieciocho copas rojas.
—Paga.
Sus ojos se cruzaron con los de su esposa a través de los gruesos cristales de sus respectivas gafas. Se miraron. Y se vieron. Bajo las capas que el tiempo había depositado sobre ellos. A través de los años y los recuerdos.
—¡Llevas sesenta años haciéndome trampas!
—¡Y tú llevas sesenta años dejándome hacerlas!
Cierto.
Daniel cogió la bolsa de papel que había junto a la cama y extrajo una caja de cartón roja. Se la tendió a su esposa, que le miraba con ojos expectantes, relamiéndose de anticipación. Cuando Ana la tuvo en sus manos, la abrió apresuradamente y se llevó un bombón a la boca.
—Mmmm… Adoro el chocolate.
Y él la adoraba a ella. Siempre. Desde siempre. Para siempre.
—Si las enfermeras nos pillan, les diré que fuiste tú la que me obligó.
Ana se comió otro bombón, y otro y otro más. Y después se recostó con la cabeza apoyada sobre la almohada. Cansada. Envejecida. Hermosa.
—¿Quieres jugar otra partida? Esta vez te dejaré ganar.
Daniel asintió. Recogió las cartas, las barajó y las repartió.
Nunca le había importado perder.
Porque, como Ana siempre decía, cuando ella ganaba, ganaban los dos.

© Laura Esparza

Publicado en el número 4 de la revista RománTica’s